Sueños de locura

Casi hemos acabado con los exteriores del rodaje en Orlovka, con la ventisca, con los veinte grados bajo cero, con las miradas ocasionales por si aparecen los lobos, con la nieve hasta las rodillas... El último día fue grandioso. A las cuatro de la mañana todos estábamos en la localización, incluidos los efectos especiales. Rodábamos una toma con la cámara sobre raíles dando un giro de 360 grados, bombas de humo, el río coloreado de sangre, peces (de plástico) muertos, perros merodeando, mascarillas para poder respirar, y un satélite de una tonelada y media donde escribieron 'Lee Marvin' en ruso. Terminamos a las dos de la mañana, un poco más arriba, en la granja. Decidimos que seríamos rápidos, que nos hablaríamos a gritos, que daríamos lo mejor de nosotros mismos. Todo el equipo asintió y se puso manos a la obra. Teníamos que acabar con el infierno de los exteriores de Orlovka de una vez por todas.

No sólo vivimos, sino que todos soñamos con el rodaje. Aleko, Dato, Shura y Shota, el equipo de eléctricos, dicen que sueñan con estos días aunque no se acuerdan de qué, como Mamuka y Sergo, los de efectos especiales, o Shura y Amaryak, los conductores de los Urales, o como Irma, la maquilladora. Miguel Ángel, el director, soñó que otro equipo se dirigía a rodar las mismas escenas que nosotros, con los mismos actores, pero con mucho mejor material, como avionetas y grandes sistemas de iluminación. Nosotros sólo disponíamos de un carro. Con él ha soñado Jon, de cámara: paseaban juntos hacia la granja teniendo visiones de color violeta.

No sólo vivimos, sino que todos soñamos con el rodaje
Ima, segundo operador, sueña que Jon conduce y se salta las fronteras, los límites de velocidad y los radares, y luego descubre que en realidad es él quien conduce. Gorka, primer operador, sueña sobretodo con sus familiares, y con él ha soñado Salomé, la actriz que hace de Ganivet: estaban en el zoo, fumando y viendo animales, y cuando él la llevaba a un sitio fantástico, ella caía en la cuenta de que era en realidad su marido y no Gorka con quien estaba. Luis, también de cámara, grita en georgiano mientras duerme cosas como "vámonos, vámonos" o "silencio". Bachi, hermano de Ganivet en la ficción, y de Hiracli (de producción) en la realidad, soñó que una prostituta se le subía al coche, y rompía el volante, y después se subían a un barco, ella llevaba el timón y lo partía, y después la encontraba con sus amigos, y se la llevaba de malos modos, y cuando finalmente van a acostarse, él se despierta.

Maka, que trabaja con los actores, soñó que disparaba a alguien aunque apenas tenía fuerza para apretar el gatillo, y Giorgi, que siempre está al lado de Miguel Ángel, sueña con su exnovia, de la que sólo sabe que le odia con todo su alma. Diego, también de producción, soñó con un extraño viaje nocturno que le dejó todo un día medio trastornado, y Dorbu, de sonido, sueña que tenemos muchos váteres en todas las habitaciones. Chema, el cocinero, sueña que se despierta: cuando Aka, el director de arte, habla español, Chema se despierta, y va a coger el coche, y se lo ha llevado Ganivet, y Chema se despierta de nuevo, y la cocina está inclinada y todos caemos sin poder salir, y se despierta otra vez, y así muchas veces hasta que se despierta.

Por el contrario, Nika, de vestuario, sueña que se duerme. Le intentan despertar para pedirle vestuario, pero nadie lo consigue. Con él trabaja Teo, que sueña con un lago de aguas turbias donde una serpiente intenta atacarla, pero una ola de agua clara la saca del lago, y luego vuelve al centro y todo vuelve a empezar. Gio, el actor principal, también sueña con agua: se arrastra por debajo del río, mientras el equipo rueda, intentando llegar a la superficie. Y Bruno, el segundo de dirección, soñó con Salomé, la protagonista, la que hace de Chaika: le daba un beso en la mejilla antes de empezar a rodar, y se sonrojaba. Ella soñó esa misma noche con Bruno, se iba volando, y Bruno la intentaba agarrar de los pies pero no lo conseguía.

Los sueños persisten en una gramática incontrolable. Da igual estar aquí o allí, o en nuestras casas: sueñas, y aunque sueñes todos los días lo mismo, nunca sabes lo que te espera. El equipo también persiste en rodar a pesar de las sorpresas que nos da este invierno. En Orlovka serán menos, porque casi se acabó la noche. Quedan dos planos. Justo en las montaña donde vimos lobos por primera vez. De los cinco que estábamos, después de los primeros momentos de terror, tres nos repartimos el horizonte sin pestañear mientras el director y el primer operador montaron la cámara al lado de la puerta del Ural Bus.

Aunque sueñes todos los días lo mismo, nunca sabes lo que te espera
Pasamos el cable del foco por la ventanilla. Íbamos a dar rec desde el autobús, pero llegó la policía y se puso a dar tiros, y mandó los lobos a Armenia. En definitiva, pudimos grabar la explosión de 80 litros de gasolina que preparó Mamuka, fumando pitillos y bien cargado de vodka. Es un tipo fantástico. El otro día nos preparó un desayuno con cinco chuletas de cerdo por barba, una ensalada, una montaña de cebolla frita, media hogaza de pan bañada en la grasa del cerdo, dos manzanas y cuatro vasos de vodka. Tremendo despertar.

Entramos en un nuevo periodo de rodaje, a pesar de los dos planos pendientes del lobo que arrastra el cadáver de Aliya, una gran actriz de teatro georgiana. Cuando está en el comedor, de vez en cuando aparecen las ancianas de Orlovka sin dejar de manejar sus ruecas de lana sin tratar, y le piden consejo sobre sus asuntos, como familiares alcoholizados, o tejemanejes que se traen los patriarcas o ciertas autoridades con sus escasas propiedades. La vida y sus reveses han surcado a ritmo natural los pliegues de sus rostros, tiernamente envejecidos. Una vez rodados los planos del lobo, no volveremos a ver la granja más que en pantalla. Nos encantaría volarla por los aires. Es un sueño que ha costado mucho construir, y querríamos despedirnos de ella a lo grande. Ya sólo quedan los exteriores en estepas, donde no habrá casas, ni duchas sin agua, ni váteres atascados, porque no habrá nada, más que estepas. Ya sólo queda lo peor.

ElMundo

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